Memorias del Dr. Antonio Lorusso
Reflexiones Sobre la Muerte Materna
Autor:
Dr. Luis Daniel Flores - FRCOG
Director de Publicaciones de FASGO
A los noventa y tres años, cuando la vida ya ha tenido tiempo suficiente para mostrarnos casi todas sus caras, uno descubre que los recuerdos regresan con una claridad inesperada. No siempre vuelven los grandes acontecimientos, como podría suponerse, sino escenas simples: un pasillo de hospital al amanecer, el murmullo de una guardia nocturna, el rostro inquieto de un paciente esperando una palabra que le dé sentido a lo que está viviendo.
Han pasado muchas décadas desde que inicié mi camino en la medicina. Era 1959. El mundo era otro, los hospitales eran otros y también lo éramos nosotros, los jóvenes estudiantes que intentábamos aprender el oficio más difícil y más hermoso que existe: cuidar la vida humana.
En aquel tiempo existía una figura que hoy ha desaparecido: la del practicante de guardia. Éramos estudiantes avanzados que pasábamos largas horas —a veces días enteros— en la guardia de emergencias, aprendiendo la medicina en su estado más crudo y verdadero. Allí se formaba nuestro carácter. Allí aprendíamos a decidir, a observar y, sobre todo, a escuchar.
Hoy todos los integrantes de las emergencias son médicos formados. Aquella etapa intermedia, mitad aprendizaje y mitad vocación, pertenece ya a la historia. También quedaron atrás otras tradiciones del hospital: las fiestas del internado, los rituales de bienvenida a los recién llegados, la camaradería que nacía inevitablemente entre quienes compartíamos noches interminables de guardia.
Cuando terminé el practicantado ingresé como médico ginecólogo en una sala del mismo hospital. Desde entonces, los recuerdos de aquellos años fluyen sin cesar. Son muchos, muchísimos, y cada uno de ellos lleva consigo una enseñanza.
En aquella época, el pase de sala tenía una estructura casi ritual que se repetía en todos los hospitales. El jefe de servicio, acompañado por el jefe de sala y su equipo, recorría las habitaciones mientras se discutían los casos clínicos.
—La paciente de la cama 34… —decía alguien.
Y allí se analizaba el diagnóstico, los estudios realizados y la conducta a seguir.
Pero mientras nosotros hablábamos de diagnósticos y tratamientos, muchas veces olvidábamos que, en esa misma cama, había una persona escuchando fragmentos incomprensibles de su propia historia.
Nunca olvidaré el rostro de Paula, en la cama 45. Permanecía acurrucada entre las cobijas, mirando con desconcierto aquel grupo de médicos que discutía su caso. No entendía qué ocurría, ni por qué se hablaba de operaciones o tratamientos que cambiarían su vida.
En aquellos años la relación médico–paciente era muy diferente a la actual. Con el tiempo —y afortunadamente— comenzó a transformarse.
Recuerdo que un pequeño grupo de médicos jóvenes empezamos a hacer algo que entonces parecía casi una audacia: hablar con las pacientes. Llamarlas por su nombre. Explicarles lo que les ocurría.
—Juana, usted tiene un fibroma —decíamos—, y esto es lo que vamos a hacer.
Hoy parece algo obvio. En ese momento no lo era.
Yo era joven, y no era el único que observaba con cierta sorpresa aquellas recorridas de sala en las que el paciente parecía más un caso que una persona. El cambio comenzó lentamente, desde las bases, impulsado por quienes sentíamos que la medicina debía recuperar su dimensión humana.
Recuerdo con especial claridad a una de mis primeras pacientes a quien le expliqué con franqueza su diagnóstico y el tratamiento que necesitaría. Era una monja.
Decir la verdad en aquellos años no siempre era la conducta habitual. Existía una medicina profundamente paternalista, donde el paciente muchas veces ni siquiera era informado. Se hablaba delante de él como si no estuviera presente:
- El paciente será sometido a tal o cual operación.
Pero esa escena con aquella monja me marcó para siempre. Comprendí algo que el tiempo terminaría confirmando una y otra vez: el paciente colabora, enfrenta y soporta mejor la enfermedad cuando conoce la verdad. Cuando entiende qué ocurre y cuál es el camino que tiene por delante.
No olvidaré jamás ese momento. Ni su serenidad al escuchar el diagnóstico.
A lo largo de los años, la relación entre médico y paciente fue evolucionando. Y debo decir, con profunda convicción, que lo hizo para mejor.
Hoy hablamos de una relación compartida, deliberativa, donde el paciente participa activamente en las decisiones sobre su propia salud. Algo impensado en aquellos primeros años de mi carrera.
Pero esa transformación —que hoy parece natural— tuvo un largo camino.
Y esa historia merece ser contada.
Dr. Luis Daniel Flores FRCOG
Director de Publicaciones de FASGO































